Debo dar mi agradecimiento al autor de la formidable fotografía que sirve de tapiz. No tengo el honor de conocerlo, pero gracias a su trabajo viajo en el tiempo y re-observo mi actividad profesional.
Es un camino que, si se atiende el lado iluminado, sale al sur, flanqueado por nobles árboles; es rústico, bonito para unos, pero poco atractivo para la mayoría y por lo tanto va más con el personaje solitario. Es de mañana y se antoja algo frío; no es recto ni plano, hay loma y luego hace curva, no atisba lugar alguno ni muestra fin. La incertidumbre es lo que parece seguro.
Me recuerda a mi Alma mater la antigua Escuela Nacional de Agricultura en Chapingo, México, la actual Universidad Autónoma Chapingo. Tenía ese aspecto hacia la década de 1970 y antes. Conocí de ella cuatro puertas: la Este que conectaba con la carretera y el ferrocarril que trasladaba a su personal; la sur poco frecuentada, la Oeste hacia un poblado de trabajadores y campesinos (Boyeros se llamaba) y la Norte para unos cuantos que vivían al pié de sus terrenos de cultivo y prestaban habitaciones a unos cuantos estudiantes.
Con el tiempo, a más de tres décadas de egresado como Ingeniero Agrónomo, caigo en cuenta de que ese camino al sur se aplica a mi experiencia: el sur solitario, desconocido y algo intimidante para la gran mayoría. Pocos de mi generación tomaron el sur: muchas incomodidades.
Mi papá, un inmigrante campesino en la década de los 50’s, me motivó con sus pláticas nostálgicas a regresar al campo. Su entusiasmo era enorme, como enorme era la masa de inmigrantes rurales que se amontonaban en los camiones de regreso a la ciudad dormitorio. En ese entonces, hablar dormido de una región donde alguna vez fuiste alguien que se respetaba era la mejor manera de sobrellevar el cotidiano y penoso retorno al dormitorio. Los bosques, los ríos, la pesca, las selvas, los venados, los pumas, los jabalíes, las milpas, la caza y sus paisanos eran el mejor escape.
Así que, volviendo al camino, quise ir a la selva de México. En su busca viajé a Tabasco, pero no la vi en el camino, me dijeron que se había ido lejos y en su lugar quedaban paisajes agrícolas similares a los de la zona templadas e irrigadas del país. Luego fui a Chiapas vinculándome a los grupos indígenas de la zona norte; ahí fui comisionado para llevar los avances tecnológicos a la agricultura tradicional. No fueron muchos los que introduje, pero sí pude oponerme a los grandes esfuerzos de las oficinas de gobierno que promovían la ganaderización de la zona en base a los grandes desmontes e introducción de pastizales artificiales en la década de 1970. Gentes buenas que llamábamos “tecnócratas” suponían que sólo era cuestión de gastar presupuestos para llevar justicia a los pobres, para corregir la Naturaleza, para que ya no fueran indígenas, sólo mexicanos. Los costos financieros fueron elevadísimos, los ambientales terribles y, lo más triste, la justicia nunca se atisbó.
En 1994 algo reventó en Chiapas. A la hora de las explicaciones oficialmente la culpa la tenían los propios beneficiarios.
El camino me regresa a mi Alma mater.
Parecer necio no es ninguna virtud, a menos que suavices el adjetivo y prefieras decir que te llaman “tenaz”.