Chiapas: ¿La cultura y la tecnología al margen?

Esta interrogante se hace necesaria dentro de todas las que ha planteado el alzamiento indígena del 1° de Enero de este 1994. Y esta pregunta nos lleva a otras: ¿Nunca se intentó antes promover el desarrollo y elevar la calidad de vida de las comunidades indígenas? ¿No pudieron haber influido en tal levantamiento las mismas acciones de gobierno para promover el desarrollo, aunque se hubiesen hecho con la mejor intención del mundo?¿No será que nuestra visión de desarrollo no es la misma, ni necesariamente la más adecuada? ¿No será, finalmente, que las culturas indígenas no han sido respetadas ni consideradas en todo este proceso? Sobre estas cosas siguen las siguientes reflexiones, que si bien se inclinan hacia el lado agropecuario y forestal, exploran otros campos vinculados en algo.

El 21 de enero próximo pasado, la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos informó que había detectado (o re-descubierto) el enorme potencial natural del estado de Chiapas y que, a juicio de la misma Secretaría, tal potencial había sido invariablemente sub-utilizado o destruido por los pueblos indígenas dado el atraso de su tecnología. Tras estas aseveraciones subyacen las siguientes ideas:

1a La técnica indígena es destructiva en tanto que la “moderna” que propugna la SARH y las mismas instancias educativas del sector, la propia Universidad Autónoma Chapingo entre otras, no tiene tal característica.

2a La superación del subdesarrollo y la marginación será posible mediante los planes de desarrollo (y la tecnología concomitante) que establezca la SARH en el estado de Chiapas.

Para empezar, la técnica indígena (la mal llamada “Roza-Tumba y Quema”) es practicada por toda la región tropical del mundo; existen razones ecológicas para ello: los suelos tropicales, en su gran mayoría, son delgados y poco fértiles y, a diferencia de los suelos de zonas templadas, no toleran el uso continuo para un mismo cultivo, ciclo tras ciclo, año tras año; así se explica el carácter migratorio del sistema.

La tecnología que la sustenta tiene miles de años de experiencia y se ha desarrollado a la para de grandes culturas como la maya, la totonaca y la mexica en Meso América y como la thai, la birmana y la khmer en el Sudeste de Asia entre otras. Por su parte, lo que conocemos “tecnología moderna” no va más allá del medio siglo de experiencia, su exigencia de cultivo continuado para una misma especie hace que se generen problemas serios con la fertilidad de los suelos, y que sea elevado el problema de las plagas y las enfermedades; estos hechos le confieren una característica distintiva: su alta exigencia de fertilizantes, fungicidas. En el sureste mexicano esta estrategia se inicia fuerte a fines de la década de lo 1950’s, y se sigue por los años 60’s y 70’s. A este período algunos investigadores lo han llamado “La edad de oro de la agricultura mexicana”, sin embargo, más que a productividad el crecimiento del sector se debió a la expansión de la superficie de cultivo monoespecífico y comercial. Tal expansión se dio a costa de los ecosistemas naturales.

Así se ven las consecuencias devastadoras en el México contemporáneo sobre sus Huastecas, la Chontalpa, el Uxpanapa, la Lacandona, Tabasco en general, el sur de Campeche y el Noreste de Yucatán: ….no más la selva. Así ha desaparecido cerca del 95% de lo que originalmente debiera existir en el territorio nacional. Ahora: ¿por qué donde aún se practica esta agricultura indígena existe la selva todavía?.. Efectivamente se da la “roza” (derribo de vegetación arbustiva), la “tumba” (de árboles grandes) y la “quema” de los materiales leñosos (ciertamente un desperdicio); sin embargo, el sistema agrícola tradicional completo implica la recuperación de la vegetación natural. Con esta característica bien pudiera considerarse que esta práctica agrícola incrementa la biodiversidad. Así por ejemplo, el venado cola blanca  (importante elemento en la cultura mesoamericana) se ha expandido desde las áreas boreales hasta la región centroamericana; no vive en las selvas altas o medianas si no en la vegetación secundaria que promueve el sistema indígena tradicional. Se ha encontrado alrededor de los grandes centros ceremoniales mayas un elevado predominio ecológico de dos especies de árboles antropocéntricamente útiles: el ramón (Brosimum alicastrum) y el chicozapote (Manilkara zapota). Tales abundancias resultan extrañas en la mayoría de las zonas en donde la diversidad alta suele ser la norma, en consecuencia, se puede decir que las selvas en la región maya, en mucho, vienen a ser selvas cultivadas o secuelas de la actualmente menospreciada técnica indígena de cultivo. Ésto es reconocido por todos los que están en la región, inclusive por aquellos que manifiestan estrategias contrarias; así, un ganadero de la del municipio de Las Margaritas dijo en enero al periodista ( revista Proceso)  que le inquirió sobre la demanda de afectar latifundios para entregárselos a los indígenas:”…si les dan la tierra en pocos meses regresa la selva…” Por todo esto las leyes agropecuarias y del equilibrio ecológico debieran de reconsiderar el calificativo de “primitiva” o “destructiva” que sin fundamento se le endilga a la agricultura indígena de las regiones cálido-húmedas.

Con ello se debiera dar paso al encuentro de alternativas que permitan superar la productividad.

Por el otro lado, la técnica agrícola que en el medio oficial se reconoce como “moderna” no contempla la regeneración de la vegetación original; hasta donde se sabe ninguno de los distritos abiertos al “desarrollo rural” (de riego o temporal) en los 60’s o 70’s está cubierto ahora por bosques o selvas después de haber cultivado maíz o soya o caña u otras herbáceas. Los planificadores del desarrollo rural han pretendido a lo largo de tres décadas hacer un trasplante simple y mecánico de la tecnología generada en países de zona templada, por lo general también generada bajo otras condiciones socioeconómicas. La misma actitud simplista ha cobijado también intereses de acaparadores de tierra. Es el caso de la ganadería con bovinos en sistemas extensivos. Esta actividad y estrategia cobró un gran auge a partir de una indefinición técnica: en tanto la pequeña propiedad “agrícola” (referida entre los oficiales sólo al cultivo de plantas herbáceas y frutícolas) es definida por la ley de la Reforma Agraria en unidades de superficie que varían según el régimen de humedad; en tanto que , en el caso de la pequeña propiedad “ganadera” es definida   por la misma Ley en función de “…lo que sea necesario (subrayado nuestro) para sostener 500 cabezas de ganado mayor o su equivalente en ganado menor…”

Así la indefinición técnica  ha dado cobertura legal a los latifundios, los cuales (hasta antes de las recientes reformas al 27 constitucional) jamás habrían logrado superar su productividad por la simple y llana razón de que cualesquiera mejora pudiera implicar  legalmente que la “pequeña propiedad” se encogiera. El conflicto social va aparejado al conflicto ambiental. Incluso al interior de las mismas comunidades indígenas la diferenciación en actividades y estrategias lleva a contradicciones similares; es el caso de quienes aceptaron hacerse “ganaderos” en las cañadas de la Selva Lacandona sobre el río Jataté, sobre las Tazas, el Perlas, el Santo Domingo y el valle de San Quintín. Con las mejores intenciones del mundo el Instituto Nacional Indigenista y la misma Secretaría de la Reforma Agraria y otra serie de dependencias oficiales decidieron a mediados de los 70’s “impulsar a la ganadería”.

Al igual que los ganaderos ladinos, los ganaderos indígenas fueron demandando más tierra que la de sus hermanos seguidores del proceso tradicional de la milpa, debido a que la baja productividad con la bovinocultura extensiva no es exclusiva de blancos o ladinos. Una estrategia agronómica mala no se hace buena porque la manejen grupos humanos o gentes “buenas” o que tengan nuestra simpatía, seguirá siendo mala porque no es adecuada a la región, no es compatible con la dinámica de la naturaleza y porque, con mucho, ni siquiera satisface los requerimientos de la población que cría el ganado. Los suelos carecen de sentimientos de justicia o reivindicación. Pero en el caso de la ganadería indígena existen dos agravantes a su problemática: el pie  de cría se obtuvo de los ranchos ganaderos que rodean a la región Lacandona por Ocosingo, Las Margaritas y Tenosique; luego y debido a que la ley correspondiente obliga a que cualquier venta se realice a través de las asociaciones ganaderas, los “ganaderos” indígenas tuvieron o tienen que venderle a sus colegas ladinos el mismo ganado. En este juego alguien lleva ganancia doble y alguien hace el papel de iluso; y en vista de que los suelos de la región son frágiles, la productividad por el uso permanente se desplomó, lo que obligó a a más desmontes para más pastizales en los valles (que suelen ser los de mejores tierras) para obligara que la milpa se nuevamente se desplazara hacia las laderas de los cerros. Al disminuir la vegetación secundaria (los “acahuales” o “huamiles”) y la selva alta, también se hicieron exiguas las posibilidades  de obtener carne de animales silvestres residentes en esos ecosistemas. La caza no los había exterminado, pero sí lo ha hecho el cambio de hábitat. La carne, por más que sean ganaderos, se aleja día con día.

Así las cosas, la estrategia gubernamental de emplear las áreas selváticas, ubicadas en los llamados “terrenos nacionales” como válvulas de escape ante las demandas sociales de tierra, se ve saboteada por la expansión y promoción de estrategias agrícolas equivocadas, importadas de otras regiones y de otras condiciones socioeconómicas, la Lacandona, alguna vez contemplada dentro de un extraño concepto llamado “frontera agrícola” se agotó y expolió como zona de amortiguamiento social en el breve plazo de 20 años.

Por lo expuesto, a más de resolver el problema de la tierra, como componentes de esta nación, debemos encontrar alternativas que hagan eficiente el uso de las zonas selváticas, tanto en la producción de satisfactores como en la conservación de los recursos y el ambiente en general. Creemos que las respuestas no están lejanas, se hallan en la propia experiencia de los indígenas que han coexistido con las selvas durante cientos o miles de años. Se debe de quitar el estigma de “destructiva” que la Ley General del Equilibrio Ecológico le endilga a la milpa tradicional, al mal llamado proceso de “roza-tumba-quema” (un nombre más adecuado es, de seguir con la misma nomenclatura, “roza-tumba-quema-cultivo-regeneración”). Esta técnica no es perfecta, pero sí es perfectible y es, con mucho, más eficiente que los paquetes tecnológicos que el gobierno mexicano ha impulsado en la región (más por ignorancia que por dolo). Se debe legalizar el aprovechamiento de los recursos silvestres existentes, lo mismo que la flora y la fauna, mejorando la propia técnica indígena si se quiere,  con el fin de satisfacer las demandas de la población local, regional o nacional o incluso exportando  a otros países donde no existan la selva y sus recursos. Los venados, los jabalíes, los monos, los tepezcuintles, la caoba, el cedro rojo, el ramón, el jaguar, las orquídeas y otros que prosperan en las selvas; el aprovechamiento de tales recursos no implica exterminio.

Concordamos con los ambientalistas (o ecologistas) en la necesidad de conservar los recursos naturales, pero no en los medios que llevan a tal fin. La muerte de algunos venados o de algunos individuos de otras especies silvestres no implica la muerte de la especie. Por el contrario, la muerte de las selvas y de otros ecosistemas naturales, debido a la expansión de los agroecosistemas artificiales (acción que paradójica e inconscientemente realizamos todos, hasta los ambientalistas que no quieren tocar nada de la Naturaleza), sí es garantía de exterminio. Y si por muertos fuera, los vacas, los cerdos y las gallinas ya debieran de estar extintos desde hace décadas; sin embargo, su creciente demanda económica impulsa hacia arriba las poblaciones de tales animales. En casos como éste, Ecología y ecologismo no coinciden. La técnica indígena puede promover la conservación ecológica, la técnica importada implica exterminio. Estos contrastes no son exclusivos de México, existen entre todos los pueblos indios de la Amazonia y los blancos que promueven la ganadería y la minería, por ejemplo.

Reconsiderar toda esta problemática puede tener consecuencias favorables para todos: para los indígenas, para los mestizos, para los blancos, para los actuales ganaderos inclusive; reconsiderar también la estrategia de trabajo puede garantizar la viabilidad económica de todos dado que, ante la llegada del Tratado de Libre Comercio, los productores pecuarios y agrícolas de los EE UU y el Canadá se presentarán como imposibles de batir en la competencia (producciones elevadas en cultivos convencionales debido a condiciones climáticas favorables, además de la gran cantidad de subsidios contenidos en tales productos).

La mejor opción será la de colocar ante aquellos países lo que no tienen de manera natural: los productos y los recursos tropicales naturales. Los ejidatarios forestales del Estado de Quintana Roo (zona maya y zona sur) dan un ejemplo formidable en este tenor de cosas; ejemplos superables si se quiere, pero que al fin y al cabo demuestran  que conservación ecológica y producción económica pueden ser las dos caras de una misma moneda.

Creo que esta  es la técnica sobre la cual podemos y debemos comprometernos los universitarios académicos, lo mismo que las autoridades vinculadas al ramo (Secretarías de Agricultura, de Reforma Agraria, Desarrollo Social y Medio Ambiente). No podemos seguir ofreciendo “más de los mismo”, aunque sea con todo el dinero del mundo, porque no resuelve problemas, que por el contrario tiende a agudizarlos.

Esto deberá ser el sólido comienzo de un rescate y re-valorización de la cultura indígena, que sirva a todos los mexicanos por igual: indios, mestizos y blancos. Se deberá dejar de lado la prepotencia que hace pensar que los ojos y criterios del blanco (“ladino” también llamado) puede juzgar el desarrollo social de todos, puede decir lo que es bueno o es malo.

Hay muchos campos a considerar además del agrícola, por ejemplo en vivienda y desarrollo urbano hay cifras “preocupantes” que indican que los indios viven mal porque no tienen drenaje de aguas negras (será porque las “aguas negras” sólo existen en las comunidades de los ladinos, debido al terror cultural que nos provocan los excrementos), cuando debiera preocuparnos que donde se mete esta estrategia, malamente llamada “sanitaria”, se mueren los ríos y se acaban actividades como la pesca y la agricultura.

De igual modo nos sentimos apenados porque las casas de “los indios” están hechas con materiales “rústicos”, cuando la mayoría de éstos son superiores a los de la llamada “vivienda popular” de las zonas urbanas mestizas. Lo mismo habría que reconsiderar en el campo de la medicina: ahí la alopática oficial se vería enriquecida con la medicina indígena si se deja de lado la prepotencia y se cambia por respeto a los médicos autóctonos. Así por el estilo habría más cosas.

A 500 años de distancia, los mexicanos todos debemos hablar efectivamente de encuentro de culturas más que de culturas superiores o avasallantes y culturas inferiores o dominadas. Las actitudes y las leyes tendrán que modificarse,, debemos estar dispuestos y abiertos a escuchar y dialogar de igual a igual.

Cosas buenas están por nacer.

 

 Bacalar, Q. Roo. Enero de 1994

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